jueves, 27 de febrero de 2014

Una noche tranquila

Cerró la puerta, y como si hubiera sido abatido por un tiro letal, se desplomó sobre el suelo, teniendo menos cuidado del que debería para una persona despierta y consciente. Se golpeó la cabeza, pero no le importó. Con gesto angustioso pero firme, ubicó todo su cuerpo desparramado en una posición boca arriba desde la que podía mirar el techo de su habitación. El que una vez fue su santuario, ahora se había convertido en fortín. El ventilador giraba, pero lo hacía de manera lenta, hipnótica. Su mirada se perdía entre las vueltas que daban las aspas, pensando cómo y por qué había llegado a esa situación. 

Estaba completamente sólo en casa, sin embargo, escuchaba murmullos fuera de su cuarto. Absorto a ellos, él seguía contemplando el mover de las aspas, impertérritas a todo lo que ocurría. De pronto, un golpe. Dos. Tres. Diez. Y con fuerza. Parecían querer echar la puerta abajo. 

Lo hicieron, pues la decisión ya estaba tomada. Aprovecharon ese momento de soledad y lo consumieron. 

En un suspiro, la habitación entera fue testigo de cómo un joven se quitaba la vida.